El tesoro extraterrestre de Tutankhamón

Imagen destacada Tutankamon

Situadas en los confines exteriores del Sistema Solar las nubes cometarias de Oort y Kuiper son lugares en los que casi nunca pasa nada. Millones de cometas fríos y oscuros bailan al compás de una lánguida y eterna melodía apenas audible desde nuestro pequeño punto azul. Pero a veces, muy de tanto en tanto, algo perturba su ordenada y cansina danza orbital. Un planeta vagabundo o una estrella solitaria que millones de años atrás fueron expulsados de su hogar cósmico por alguna interacción gravitacional o por algo aún peor, en su eterno peregrinaje, se acerca demasiado a una de las nubes y su gravedad anima el baile.

El otrora sistemático y armónico orden se torna caótico. Los bailarines aceleran el paso, sus órbitas empiezan a cruzarse; comienzan los roces, las discusiones y los choques. Aturdidos y a la deriva, algunos se lanzan cual furibundos kamikazes al interior del Sistema Solar. Al principio la oscuridad es total. Pero cuando se acercan a la órbita de Saturno, el segundo mayor planeta de nuestro vecindario cósmico, su vista empieza a aclararse, y como si viajasen montados en una motocicleta estelar, de sus cabezas empieza a brotar una desordenada, larga y juguetona melena que ondea al viento solar: la cola del cometa. Luego al pasar junto a Júpiter se desvían hacia el centro del Sistema Solar deslumbrados por la irresistible atracción del Sol. Y ahí, rodeando al astro rey cual cortesanos, están los planetas rocosos, entre ellos la Tierra.

Tarde o temprano todos los cometas desterrados terminan o bien deshaciéndose abrasados por el calor del Sol y por la fricción de su viento combinado con la vertiginosa velocidad de su baile, a veces de hasta 200.000 kilómetros por hora, o bien chocando contra algún desprevenido transeúnte planetario o contra el mismo astro rey.

Y ocurrió hace 28 millones de años que un cometa que había abandonado mucho tiempo atrás la disciplinada coreografía de Oort, de camino al Sol, tropezó con la Tierra. Venía tan acalorado y con tanta fuerza que fundió, a 2.000 grados C, la arena de un inhóspito desierto egipcio y la convirtió en vidrio de sílice. Dispersas a lo largo de 6.000 kilómetros cuadrados aparecieron, como por encantamiento, millones de piedras de un bello y desconcertante color verde amarillento. Los extraños cristales parecen tener vida propia, ¡se mueven!, y al hacerlo van dejando tras de sí pequeños y discontinuos surcos en las tórridas y secas arenas saharianas. Muchos dirán que es el viento el que mueve las piedras, pero para los antiguos egipcios no era así. Para ellos eran mágicas, divinas.

Mucho tiempo después, en el siglo XIV a.C., unos orfebres egipcios tomaron uno de esos cristales y le dieron la forma del dios Hepri, el escarabajo solar que hace rodar al Sol por el cielo durante el día, para esconderlo después, al ocaso, bajo la tierra, y volverlo a llevar a la superficie al amanecer, como el escarabajo pelotero que hace rodar una bola de estiércol por las arenas del desierto y luego la esconde bajo ellas para sacarla de nuevo más tarde. El bello escarabajo fue engarzado, junto con otras piedras preciosas, en un voluminoso y llamativo pectoral que lució, tanto en esta vida como en la otra, el faraón Tutankhamón (1333-1323 a.C.).

Pero tanto la joya como su dueño se perdieron en la noche de los tiempos. Hasta que en noviembre de 1922, Howard Carter, un arqueólogo británico, descubrió la Kv 62, la tumba situada en el Valle de los Reyes, frente a Tebas, donde fue sepultado Tutankhamón, el rey niño. No obstante, Carter ni nadie de su equipo ni tampoco centenares de expertos después que ellos sospecharon nunca que el precioso escarabajo tenía un origen extraterrestre. De hecho nadie conocía la procedencia del extraño material.

Tuvieron que pasar más de noventa años, hasta 2013, para que dos científicos, David Block y Kramers, descubrieran la verdad sobre la joya a partir del hallazgo de una extraña piedra negra, un fragmento del núcleo del cometa estrellado 28 millones de años antes. En el lugar del impacto se encontraron asimismo, junto con miles de piedras de vidrio de sílice, el material con el que estaba hecho el escarabeo del pectoral, otras llamadas microdiamantes de Hipatia, en honor a la filósofa alejandrina, muy utilizadas también por los joyeros antiguos. Pero los investigadores habían dado además, y por casualidad, con la explicación de un ancestral culto egipcio, el de la piedra Benben, relacionado asimismo con el escarabajo del pectoral.

En el templo solar de Heliópolis, Egipto, se veneraba desde antiguo una piedra, hoy desaparecida, de forma cónica, más tarde reconvertida en piramidal, que hoy se identifica con un fragmento de siderita, es decir, de meteorito metálico o de cometa. Según la cosmogonía heliopolitana, el Benben o «el Radiante», como así era llamada la piedra, fue la montaña primigenia que surgió del Nun, el océano primordial, y en la que Atum se generó a sí mismo y a la divina pareja de Geb, la Tierra, y Nut, el Cielo. Debido a la gran importancia cosmogónica (explicación del origen del mundo) y religiosa de la pieza, su forma piramidal sirvió de modelo para las pirámides y los obeliscos; de hecho, tanto las unas como los otros, estaban rematados por una cúspide puntiaguda cubierta de oro o electrón con el fin de reflejar los rayos vivificadores del Sol sobre las tierras circundantes y sus habitantes.

El escarabeo (así son llamados todos los escarabajos del dios Hepri) de Tutankhamón es una metáfora de la eternidad. Su simbolismo es afín con el ciclo eterno de nacimiento, muerte y resurrección que los egipcios, como otras culturas antiguas, relacionaron con el movimiento del Sol, de las estrellas y de las constelaciones en el firmamento cada día, así como también con los ciclos de la naturaleza. Grandes observadores del cosmos, los antiguos egipcios crearon el símil entre el escarabajo pelotero que hace rodar la bola de estiércol y el tránsito del Sol y los demás astros para explicar de una manera sencilla un proceso cósmico complejo en el que ellos vieron una prueba de permanencia, de eternidad. Que el material elegido fuera el vidrio de sílice, creado a partir del impacto de un cometa, tampoco es casualidad. Para ellos la piedra Benben pudo ser un pedazo del Sol caído sobre la tierra, o tal vez una estrella enviada por los dioses desde su morada celestial y eterna.

Por: Rubén Mira


Article by Ítaca

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