Adolfo Couve: el misterio de la perfección

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Nos vamos a Chile, concretamente a 1940. En un barrio humilde de Valparaíso nace Adolfo Couve, primero pintor y después escritor. Debutando en 1965 con su novela Alamiro. Voy a hacer trampas, lo siento. Voy a hablar de un autor del que no he leído ni una línea de sus novelas pero sí he visto su obra pictórica: cautivadora al mismo tiempo que inquietante. Sus cuadros destilan un no sé qué sublime que te remueve del mismo modo que te embelesa. Su nombre llegó a mí por pura casualidad, buscando un cuadro para otro trabajo. Fíjate tú. Leí su biografía, vi su mirada perspicaz, casi pícara (hasta vivaracha diría yo) en una foto y me hice cruces de por qué un artista tan prolífico como Couve pudo llegar a decidir quitarse la vida colgándose en el baño de su propia casa un martes de marzo de 1998.

La narrativa de Couve surge en el seno de un fenómeno literario conocido como el boom latinoamericano donde grandes novelas como las de García Márquez o Julio Cortázar, entre otros, cruzaban el charco para quedarse en Europa. Sin embargo, las historias de Couve no tuvieron la misma trayectoria. Y eso fue porque Adolfo Couve no era un escritor convencional. Él iba por libre. Nunca le gustaron las modas, lo único que deseaba era una prosa depurada, limpia y convincente. Tanto se centró en la perfección que únicamente llegó a publicar doce obras. Vamos a ser sinceros, según los expertos, Couve no consiguió innovar en ningún aspecto literario con sus creaciones; suelen catalogarlas bajo el paraguas de la escuela del decimonónico realismo francés. Entonces, ¿qué es lo que hace a Couve tan especial? Su narrativa. Su forma de narrar está llena de recursos formales usados con inteligencia. Su narrativa tiene el don del humor punzante pero inocuo a la vez.

Sí, lo sé. Seguro que estaréis pensando que cómo puedo saber cómo narices es la narrativa de Adolfo Couve si nunca he leído una línea… He vuelto a hacer trampa. Mea culpa. Y es que, claro, este hombre me intrigó tanto que no pude resistirme investigar un poquito y en esas que me encontré con esto: «Volvió el hombre a restregarlo con el paño y otra vez como queriendo borrar ese reflejo porfiado, equivocado de lugar, pero fue inútil. Su rostro no se reproducía, así es que con la barba de jabón intacta, descolgó el espejo y lo cambió de sitio. Siempre el dormitorio de Marieta reaparecía» en su obra póstuma Cuando pienso en mi falta de cabeza, la segunda comedia, 2000 (pág. 69). Cuando leí este fragmento del espejo de Marieta, me cayó de golpe una infancia entera. Yo lo había leído antes. En algún momento de mi vida había estado en el dormitorio de Marieta también y me gustó saber que este autor desconocido para mí había pervivido en mi sustrato cultural, en mi inconsciente lector, durante tantos años. Y así, sea dicho de paso, mi conciencia queda más tranquila al descubrir que las trampas que me proponía a hacer no son tan graves ni tan escabrosas, que tampoco quiero timaros (no es mi estilo).

Adolfo Couve vivió la dictadura de Pinochet de pe a pa. Y si hay algo que le honra a Couve es su peripecia y maestría en no caer en el victimismo de una vida maltrecha (que la tuvo). Él estuvo por encima de todo eso. Ajeno a los panfletos políticos. Su escritura transcendía los problemas sociales de todo un país y se centró en plasmar un realismo transmutado, algo así como dibujar un realismo desde el otro lado del espejo. Su objetivo fue la identidad. Una identidad simbólica donde Chile está cansada y agotada, nada más. Las vidas suceden sin mayor profundidad ni entusiasmo. Los personajes que habitan las novelas de Couve son vagabundos de su propia existencia, son sombras en el armario, cortinillas de humo en los teatros. Cada uno de ellos, a su manera, asume y soporta su realidad con pasmosa pasividad. Couve ya hacía alusión, casi de forma premonitoria, a la disolución de la identidad de los sujetos en una sociedad hipnotizada por los fuegos fatuos del neoliberalismo que centrifuga a los individuos en una cultura globalizadora y hedonista. Couve ya dibujaba en sus escritos el inicio de una sociedad posmoderna. Couve apostaba por un desafío, poniendo la identidad contra las cuerdas en un juego de espejos para mostrar magistralmente la alteridad a la que está sometida la identidad en todo ser humano. Couve invita a la reflexión, invita a psicoanalizarnos frente al espejo y a descubrirnos a nosotros mismos mirándonos a los ojos.

No hay duda de que, como mínimo, Adolfo Couve merece no caer en el olvido canónico y ser leído. Desde aquí aporto mi grano de arena para que eso no ocurra e insto a todos vosotros y vosotras a que le saquéis un hueco entre vuestros intereses e inquietudes lectoras. Pero no voy a otorgarme todo el mérito por rescatar del desván a un gran artista, ya en 2011 el director de cine, Pablo Perelman, adaptó su novela La lección de pintura al cine. Ganó diversos premios, entre ellos, Kikito de Oro a la mejor fotografía y el premio del público (Kerala). Incluso dos años más tarde, Tajamar Editores publicó una recopilación de sus obras completas. Y para aquellos y aquellas que les guste deleitarse con la pintura, os adjunto un enlace al Museo Nacional de Bellas de Chile donde guardan con sumo celo una escueta colección de sus obras pictóricas.

Por mi parte, prometo volver al dormitorio de Marieta y perderme en su espejo, ¿quién sabe lo que se puede averiguar de uno mismo cuando nos atrevemos a mirarnos a los ojos desde diferentes perspectivas? Es posible que dé un poco de vértigo al vernos asaltados por ese no sé qué sublime que nos atrae y nos repele al mismo tiempo. Algo así como un pellizco al descubrirnos de verdad. Pero qué más da, ¿acaso no radica ahí la belleza del arte? Así que, ¿quién se atreve a mirarse en el espejo de Marieta?

Por: Nieves Ruiz


Article by Ítaca

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