Guy de Maupassant: ¡Un Thug life decimonónico!

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La cantera literaria francesa tuvo la amabilidad de ofrecer al mundo todo un genio de las letras. Un tipo con clase, relativamente acomodado, deportista (le gustaba hacer piragüismo y perderse por el Sena), aficionado a los estertores de los estupefacientes y, sobre todo, un gran inconformista que aliviaba su rutina en lupanares y salones de damiselas emperifolladas.
Henry René Albert Guy de Maupassant nació el 5 de agosto de 1850 en el Château de Mironesmil, Tourville Sur Arques en Normandía (Francia). Entró en contacto con el mundo literario gracias al tesón de su madre, Laure le Poittevin, amante de la cultura y amiga de la infancia de Gustave Flaubert que tomó a Maupassant bajo su protección, convirtiéndose en lo más parecido a un padre que Maupassant hubiera podido tener. Bajo el ala de Flaubert, el joven Maupassant conoció a otros grandes literatos como Iván Tugénev, Émile Zola o los hermanos Goncourt y, además, comenzó sus pinitos en ciertos periódicos.
La literatura de Maupassant se puede definir según los preceptos de dos etapas bien diferenciadas. Una inicial marcada por la Guerra Franco-prusiana (1870), época en la que Maupassant se traslada a estudiar Derecho a París, pero rápidamente abandona los libros ya que le aburrían soberanamente y se coloca como funcionario en el Ministerio de la Marina, rutina burocrática que también se le empalaga en el día a día. En 1880, publicó su primera gran obra, Bola de sebo, que le brindaría la fama y el éxito necesarios como para vivir de la pluma y permitirse el lujo de algunas extravagancias y otros excesos con una inagotable actividad amatoria.
El relato fue publicado en un volumen naturalista en el que trabajaba Zola, Las veladas de Medan. Flaubert, maravillado, sentenció que esa narración era una auténtica obra maestra. Y no andaba muy equivocado este señor, realmente lo es. Aquella publicación marcó un antes y un después, Maupassant afila la estilográfica y se pone a escribir febrilmente. Sus temas favoritos son los campesinos normandos, los pequeños burgueses, la mediocridad de los funcionarios y, sobre todo, la guerra. Siempre desde una perspectiva crítica, desmontando hipocresías sociales, supercherías y alejado de toda convicción religiosa. Influenciado por la misantropía de Flaubert y la filosofía de Schopenhauer que le aguardaba en la mesilla de noche.
Dedicó espacio para las alucinaciones y la locura, le gustaba escribir colocado de cocaína y éter. Esa distorsión de los sentidos le ayudaba a confeccionar historias de lo más variopintas. Maupassant es considerado como uno de los escritores más importantes del naturalismo francés junto a Émile Zola, aunque a él nunca le gustó que se le atribuyese tal categoría. En esta primera etapa, su prosa es sencilla pero con un estilo muy directo y no tiembla lo más mínimo cuando saca su bulldog a pasear. Sus textos son fotografías de la realidad, siempre contadas desde un narrador omnisciente.
Se podría afirmar que a Maupassant no se le subió la fama a la cabeza. De hecho, nunca quiso el reconocimiento a la Legión de Honor. Él tenía muy claro lo que ese golpe de fortuna significaba: “La gloria es cuestión de suerte, una jugada a los dados”. Es decir, lo que hoy está en el top ten, mañana puede estar hundido en la miseria o, peor, en el más profundo de los olvidos. A pesar de su Thug life de despilfarros, lo cierto es que Maupassant no llegó realmente a ser feliz. Sus migrañas no le dejaban vivir en paz, tenía inquietudes y obsesiones constantes… pero lo que terminó por minar su vitalidad, fue el diagnóstico de rigidez pupilar que le estaba dejando casi ciego. Esta dolencia fue el primer síntoma de la neurolúes (alteración del sistema nervioso como consecuencia de la sífilis). Entonces, Maupassant comenzó a combatir sus dolores con increíbles dosis de morfina.
Su segunda etapa de escritura vino marcada por este suceso tan terrible. Influenciado por Paul Bourget, abandonó su estilo costumbrista y comenzó a experimentar con la novela psicológica donde se explaya con minuciosidad en unos personajes con el alma atormentada. Sus personajes viven azarosos, carcomidos por algún tipo de obsesión anómala, paranoide. Sus personajes, como él mismo, tratan de luchar contra su propio yo, se aferran con deditos morados al borde del acantilado del raciocinio. Volcó en las letras su conjura contra el pánico de estar muriendo en vida, de diluirse en su propia existencia siendo todavía consciente. No hay nada más perturbador.
En esta etapa más oscura, se gesta un Maupassant hostil, pesimista…, dejando que su soledad nutra de manera maliciosa su fantasía. Maupassant desarrolló una literatura de terror muy singular, donde lo fantástico no se opone a la realidad, sino que constituye una prolongación de la misma. En estos nuevos relatos, sus personajes se convierten en protagonistas muy vivos, narrando en primera persona; destilando toda la melancolía que invade el alma de Maupassant. Críticos han comparado su estilo con la grandeza de Allan Poe. No voy a abrir el debate sobre si uno fue mejor que otro o si fue primero el huevo o la gallina. Lo que sí puedo decir es que, salvando las concomitancias que puedan hilvanar un género de terror literario tan característico como el decimonónico, ambos tienen su método particular para contar historias, del mismo modo que ambos son unos filigranas para dejarnos clavados en el sofá cuando leemos sus cuentos. Miras detrás de ti por si acaso, te rascas la nuca espeluznado y antes de dormir, admitámoslo, miramos debajo de la cama y nos tapamos muy fuerte con la sábana.
A Maupassant le interesaban temas triviales como el magnetismo, asistía a sesiones de hipnosis y le gustaba impregnarse de los misterios que, por aquel entonces, prometían los nuevos estudios positivistas. Sin embargo, sus acercamientos a la ciencia le despertaron más interrogantes de los que pudo responder, aumentando sus miedos cuando no encontraba una explicación satisfactoria. Intrigado, experimentó con temas como la telepatía, la telequinesis, la psicopatía criminal, la muerte y el más allá… trabajó con el erotismo mórbido, la angustia y, el más fuerte de todos los pesares, el miedo. Siempre tratados con el mayor de los mimos y elegancia prosística, empleando diálogos ágiles y frescos. Demostrando que los verdaderos fantasmas habitan dentro de uno mismo.
Nunca dejó de escribir hasta los últimos meses de su vida. Maupassant intentó suicidarse tres veces de las maneras más escabrosas en 1892. Fue ingresado en una clínica mental donde moriría atormentado y con miedo de sí mismo el 6 de julio de 1893. Todo un desenlace catártico para un personaje tan insólito y carismático como fue Guy de Maupassant. Un tipo independiente que sentía aversión por cualquier sinónimo de atadura, un tipo que consiguió la admiración de Chéjov, Tolstoi, incluso, Horacio Quiroga y Valle-Inclán muchos años después de su pasada por el mundo. Maupassant nos deja una vasta herencia literaria que merece la pena conocer y rendir homenaje a todo un Thug life decimonónico.

Por: Nieves Ruiz


Article by Ítaca

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