Si quieres, puedes: El sujeto del rendimiento de Byung-Chul Han

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¿Emprendedor? ¿Persona hecha a ti misma? ¿Cuelgas tu vida en las redes? Estás de suerte; eres un sujeto del rendimiento y hay un lugar perfecto para ti en esta sociedad. No olvides nuestro lema: si quieres, puedes. Eso sí, según Byung-Chal Hun, te has convertido en el esclavo más absoluto: el esclavo sometido a sí mismo. ¿Quién es este y cómo se atreve a llamarnos esclavos?

Buyng-Chal Hun nació en Corea del Sur en 1959. Empezó a estudiar metalurgia, pero a los 22 años se fue a Alemania dónde, engañando a sus padres, empezó a estudiar Filosofía. Allí sigue hoy como Profesor de Filosofía y Estudios Culturales en la Universidad de Berlín. Desde 1999, cuando se doctoró con una tesis sobre Heidegger, no ha parado de publicar numerosos ensayos filosóficos en los que aborda la sociedad actual desde una postura crítica y polémica que lo ha situado en el candelero intelectual.

Sus obras reflejan un diagnóstico incisivo de temas como la libertad, la tecnología, la transparencia, la violencia o el erotismo. Todo ello, sobre una base crítica al neoliberalismo y su forma de ejercer el poder.

Han sostiene que la sociedad del sistema panóptico y disciplinario desarrollada por Foucault ya se ha superado, así como las teorías de Marx que preveían el fin del capital y su superación mediante la revolución. Ambos, y otros autores referenciados, se equivocaron en el alcance del sistema capitalista a la hora de desarrollar estrategias de dominación. Ha conseguido la forma más efectiva de poder; la que se ignora y la que crea una imagen ilusoria de libertad. Esta forma de poder es la que ha denominado Psicopolítica (2014), título de su último libro.
Nos creemos sujetos construidos, esta capacidad de agencia sobre nosotros mismos es la que nos hace sentirnos libres. Nos convertimos en proyectos de producción ilimitada: «Ahora cada uno es un trabajador que se explota a sí mismo en su propia empresa» (2014: 9).

Para favorecer esta autoexplotación el sistema se sirve de distintas armas; coaching, liderazgo, competencia, productividad, inteligencia emocional, multitarea, motivación, optimización, iniciativa… nubes de etiquetas que invaden las cabezas de todo sujeto que quiera pertenecer a la sociedad y triunfar en ella —otra palabra, triunfo—. Lo que siempre había existido como mero esfuerzo personal se ha convertido en mercancía consumible.

La movilidad que es considerada como otro elemento de libertad tampoco ha tenido este efecto. Seguramente habréis oído a alguien pedir 48 horas al día, y también responder que no, porque entonces trabajaríamos 40. Esto mismo ocurre con la movilidad, nos ha sometido más al trabajo en lugar de liberarnos de él. El capital nos ha llevado a la sociedad del rendimiento en la que trabajo y vida se han solapado.

La autoexplotación ya no opera de arriba a abajo sino en todas las direcciones. Lo peligroso, es que anula la capacidad de resistencia ya que esta se forja en la comunidad de los de abajo contra los de arriba, ese nosotros político no se construye porque el fracaso recae en uno mismo en forma de culpa: si no tienes éxito, es porque no quieres, no porque no puedas, algo harás mal: «Esta autoagresividad no convierte al explotado en revolucionario, sino en depresivo» (10).

En esta construcción del sujeto del rendimiento juega un papel fundamental la red y, en especial, las redes sociales que actúan en dos sentidos. En primer lugar funcionan como un sistema de vigilancia, se han convertido en escaparates de nosotros mismos, y nuestra vida expuesta detrás es la mercancía; Han habla directamente de pornografía. En otro sentido, esta sociedad de la transparencia, a la que el filósofo le dedica un libro completo, ha construido una nueva masa; el enjambre digital. Este enjambre no está formado por grupos sino por individuos aislados debido a su exceso de información y su exigencia de la inmediatez en la comunicación —hipercomunicación— que impide que las personas reflexionen y por tanto, sean ellas mismas, con la imposición constante de expresar la opinión y decir cosas, aunque sean sin sentido. Ambas direcciones anulan aún más la capacidad organizativa de los individuos en grupos con un mismo objetivo.

Han parte de la creencia en que el ser humano necesita errores y aciertos, claridad y oscuridad, para criticar la transparencia excesiva a la que nos encaminamos. Por ejemplo, es una sobreexposición que no deja lugar al silencio. En este contexto en el que nos sitúa Byung-Chul Han la interioridad es un lastre. Ese rincón propio de reflexión íntima ralentiza y dificulta la comunicación eficaz, sometidos inconscientemente a los tiempos que nos impone la sociedad.

En tanto que vivimos en esta sociedad del rendimiento, las relaciones con los demás también se ven afectadas por este principio, los acercamientos se producen siempre en función de alguna finalidad. Sin embargo Han sostiene que la verdadera libertad se fundamenta en la amistad. A partir del análisis de las etimologías de las palabras «Libertad» y «amigo», que tienen en el indoeuropeo la misma raíz, sostiene que: «La libertad es, fundamentalmente, una palabra relacional. Uno se siente libre solo en una relación lograda, en una coexistencia satisfactoria» (9).

Su diagnóstico, que por supuesto abarca mucho más, me parece ineludible en nuestros tiempos. Vale la pena leerlo y dejar de ser, aunque sea un rato, un sujeto del rendimiento, interiorizar y reflexionar sobre en qué tipo de sociedad vivimos y el papel que queremos asumir. Sus libros apenas alcanzan las cien páginas y se centran en la divulgación, su escritura, sencilla y directa, hace su lectura muy asequible.  Esta brevedad y sencillez le han llevado a recibir críticas por falta de conceptualización, pero esto no le puede quitar el mérito de abrir, y con sentido, puertas muy interesantes.

¿Qué hacer para ser libres cuando la libertad es una imposición? Es la paradoja que surge y que dificulta imaginar la forma de llegar, en la sociedad que nos plantea Han, a esa coexistencia satisfactoria con libertad para todos. En cualquier caso tendrá que ser un reto, no ya por poder, sino por querer.

Por: Candela Sáenz


Article by Ítaca

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