Acéptalo ¡Miles Davis es el mejor!

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Noche lluviosa en Nueva York. Estamos en 1959. El agua recorre las principales avenidas de la gran manzana. Es Septiembre, y según el parte meteorológico lloverá toda la semana. Toda la jodida semana, le dice Johnny a Patty. Toda la puta semana lloviendo, y nosotros pringando para el puto Chen. Cariño no te quejes, le dice ella mientras friegan la tienda de pescado regentada por el puto Chen; un chino carismático que se las da de conocer al mismísimo Miles Davis. El jodido Chen, no sé lo cree ni él. Miles Davis es un Dios que no pisaría estas cloacas ni por todo el oro del mundo. Oro el que ya tiene, cariño. Oro el que ya tiene. Patty, con una bata floreada, de estilo neo-colonial muy acorde a los tiempos de pobreza sesentera, se hace eco de la victoria que ha conseguido el trompetista al situar su disco, Kind of Blue, en la lista de los más vendidos en escasos meses desde que salió  a la venta. Cariño, Miles Davis compraría a Chen, la tienda y a nosotros dentro si le diese la gana. La radio suena al final de la calle. So What revienta las ventanas de los coches circundantes. La trompeta es estridente, modo modal. El piano, el contrabajo; todo entra fluido, como si mezclaras helado de chocolate blanco, negro y de avellanas. Triple victoria que finaliza con el primer ¡Chas! del batería, que nadie conoce, ni conocerá, pero bien sabe Miles que sin él su banda no sería más que una panda de aficionados tocando en modo modal. Todo el mundo habla de Miles como si lo conociese, pero él no vendría por aquí cariño. Somos unos mierdas, en un país de mierda, que se irá a la mierda cuando la mierda, que ya es grande y poderosa, reine en el mundo, aunque creo que eso ya está pasando. Joder Patty me estás jodiendo bien la noche. Anda, cállate un poquito y sube la radio. Patty hizo lo mandado, se acercó a la ruleta, llena de polvo, mugre y moho, y accionó el volumen hasta hacer rechinar los altavoces. Escucha y aprende, le dice Johnny a Patty. Déjame en paz maldito puerco. La canción sigue su ritmo interior; la cadencia lenta; el saxofón alto a medio pelo; el saxo tenor, el jodido Coltrane soplando a los ángeles del infierno, recitando un poema con un solo dedo; Bill Evans demostrando que uno puede tocar con el piano en el suelo; Miles Davis dirigiendo al resto con esa sonrisa que tanto molestaba a sus vecinos de enfrente; dientes largos, afilados, bien blancos -pues su padre era el mejor dentista de Alton, Illinois –brillando como perlas lustradas justo en la cara de las jovencitas que pasean agarradas del brazo de papaíto. So What no tiene misterio, dice Johnny a Patty. Solo es sentirlo. Johnny agarra Patty y la zarandea. El agua del cubo cae al suelo, y Johnny se lleva un buen tortazo de Patty en la mejilla derecha. Suena como el ¡Chas! de Jimmy Cobb, por si alguno quiere aprenderse el nombre del batería; insistimos, alma mater de la banda. Johnny insiste en agarrar de la mano a Patty para bailar. Lo consigue tras una ardua pelea, y el tema ha acabado. Ambos se quedan parados bajo la única luz que hay en la trastienda del puto Chen; es una luz medio naranja, se enciende y apaga dependiendo del día, y en la radio dicen lo siguiente: “Bill Evans ha dejado la banda de Miles Davis por problemas legales con el trompetista. Alega, el genial pianista, haber compuesto la mitad de los temas del disco. Davis habría ignorado esa cuestión en favor de mayores ganancias. Las cantidades económicas son desorbitantes. El disco está arrasando en las tiendas. Al señor Davis se le acumulan las demandas. Su mujer ya ha pedido el divorcio”. Johnny abraza a Patty. Desea que pongan otro tema del disco en la radio. Reza por dentro para que sean menos capullos y se dejen de esas tonterías de pleitos legales y pongan la nueva Biblia. El Mesías ha llegado, le dice al oído de Patty. Ella ríe a carcajadas. Es solo un negro con suerte, y si Evans se larga  de su banda todos se irán a la mierda. Johnny le da un beso en los morros, rubicundos, de Patty. Llevaban casados un año; bueno, en realidad, ese día es su aniversario, y que mejor manera que pasarlo que limpiando la mierda del puto Chen. La radio anuncia un nuevo tema. El locutor se ve obligado a rectificar sus palabras: “El productor y abogado del señor Davis acaba de anunciar una demanda contra todo aquel que ose ensuciar el buen nombre de nuestro cliente, el señor Miles Davis”. Amén, dice Johnny a Patty. Él sí que tiene huevos, joder. Patty le suelta otra torta, en la misma mejilla. La luz se apaga. Es hora de irse a casa. Se acercan a la radio. El piano da el inicio de Flamenco Sketches, la canción que cierra el disco del nuevo Mesías negro. La lluvia no ha cesado, y el señor Chen duerme plácidamente en la planta de arriba donde Johnny y Patty discuten. Ella quiere irse a casa; él escuchar el tema, bien pegaditos, le dice una y otra vez. La cosa no acaba ahí, pues Miles Davis pasa con su enorme Cadillac con sillones de terciopelo por delante de la tienda del puto Chen. Observa con detenimiento la lluvia que choca contra su hermoso parabrisas: lo ha conseguido. Nadie podrá pararlo; ni siquiera su buen amigo Evans. Ya hablaremos Billy, ya hablaremos Billy, piensa mientras escucha el solo de trompeta en la radio. El semáforo se pone en rojo. Nadie por calle. Nueva York es una ciudad pequeña con avenidas inmensas. Acéptalo, dice Miles desde el interior de su Cadillac al único mendigo que hay apoyado en una farola intentado resguardarse del agua, ¡Miles Davis es el mejor!

Por: Rubén Blanes y Marta Asenjo


Article by Ítaca

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